El festival de la escuela empieza a las cinco.
A las cuatro y media ya hay padres buscando silla en primera fila.
A las cinco menos diez, una madre ha reservado cuatro lugares con dos suéteres, una mochila y una botella de agua.
A las cinco, el patio está lleno.
Hay niños disfrazados de cosas que sus padres todavía no han conseguido identificar.
Una maestra intenta que veinte niños de cuatro años entren al escenario por el mismo lado.
Tres padres graban en vertical.
Otros seis también, pero delante de los primeros.
Y hay un niño que lleva diez minutos saludando a su madre desde el escenario cuando debería estar mirando a la maestra.
Todo va bien.
Al terminar hay aplausos, fotos, abrazos y una certeza bastante compartida:
Ha sido un éxito.
¿Según qué?
Porque si queremos demostrarlo, tenemos números.
- 350 personas asistieron
- 80 niños participaron
- Hubo siete presentaciones
- El patio estuvo lleno
Y probablemente todos esos datos sean ciertos.
Pero ninguno nos dice qué se llevó un niño de aquella tarde.
Si aprendió algo.
Si ganó confianza.
Si se sintió acompañado.
Si quiso volver a hacerlo.
O si dentro de seis meses recuerda algo que no sea que ese día le pusieron un sombrero que picaba.
No estamos midiendo mal.
Estamos midiendo lo que ocurrió.
Que no es exactamente lo mismo que medir lo que quedó.
Con el voluntariado corporativo puede estar pasando algo parecido
En las primeras respuestas del estudio Estado del Voluntariado Corporativo en México 2026 vemos que:
- 24 organizaciones miden horas de voluntariado.
- 20 contabilizan personas o familias beneficiadas.
- 18 miden el porcentaje de participación de su fuerza laboral.
- 16 realizan encuestas de satisfacción.
- 13 utilizan indicadores relacionados con GRI u Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Sabemos bastante bien cuánta gente había en el patio.
La pregunta interesante es:
¿Qué pasó después del aplauso?
Imaginemos dos programas.
Uno genera 10,000 horas de voluntariado al año.
Otro genera 5,000.
La respuesta automática mira al número grande.
Es el doble.
Pero no lo sabemos.
Puede que el primero haya movilizado a mucha gente durante una mañana y después nadie haya vuelto.
Puede que el segundo haya acompañado durante meses a una comunidad y el efecto siga ahí medio año después.
Puede que uno haya fortalecido la relación de los colaboradores con la organización.
Puede que ninguno haya cambiado gran cosa.
Las horas no mienten.
Simplemente no saben contestar esa pregunta.
Las horas miden esfuerzo.
El impacto empieza cuando preguntamos qué ocurrió gracias a ese esfuerzo.
Una de 28
Y ahí aparece algo interesante.
Preguntamos a las organizaciones si han observado alguna conexión entre voluntariado y métricas de negocio como retención, satisfacción o productividad.
Hubo 28 respuestas aplicables.
8 nunca lo han intentado medir.
7 consideran difícil separar el efecto del voluntariado de otras variables.
6 no han observado una conexión clara.
Otras 6 perciben una relación, pero todavía no cuentan con datos formales.
Y una.
Solo una organización dijo contar con datos formales que la sustentan.
Una de 28.
Esto no significa que el voluntariado no genere valor.
Significa algo bastante más interesante:
quizá el valor está ocurriendo antes de que sepamos demostrarlo.
Y eso convive muy bien con un patio lleno.
Hasta que alguien hace una pregunta menos festiva:
¿Qué logramos con esto?
Ahí decir “hicimos doce actividades” se parece mucho a defender el festival diciendo que había muchas sillas ocupadas.
Es un dato.
Pero falta el niño.
Medir mejor no significa medir más
Y tampoco creo que la solución sea montar el equivalente corporativo a un comité de logística del festival.
Treinta KPIs.
Cinco dashboards.
Dos comités.
Una gráfica que necesita otra gráfica para explicarla.
Medir mejor no significa medir más.
Significa saber qué queríamos que cambiara.
Una jornada ambiental no busca necesariamente lo mismo que un programa de mentoría.
Una actividad diseñada para recuperar un espacio natural no debería medirse exactamente igual que otra que busca desarrollar habilidades en colaboradores.
Parece obvio.
Hasta que llega el reporte y todo termina convertido en horas, participantes y beneficiarios porque son las tres cosas que caben cómodamente en la misma tabla.
Quizá la pregunta anterior a cualquier indicador debería ser mucho más sencilla:
¿Qué queremos que cambie?
Después medimos.
No antes.
De contar actividades a aprender de ellas
Porque buena parte de lo interesante no ocurre durante la actividad.
Ocurre después.
¿Los colaboradores regresaron?
¿La organización beneficiaria consiguió algo que antes no podía conseguir?
¿Cambió la experiencia de quienes participaron?
¿El resultado seguía existiendo tres meses después?
¿Hay actividades que movilizan muchísimo pero producen poco?
¿Hay otras que movilizan menos personas pero generan un cambio mucho mayor?
Ahí las métricas dejan de ser únicamente una forma de contar lo que hicimos.
Empiezan a servir para decidir qué hacemos después.
Y eso cambia bastante las cosas.
Imaginemos dos actividades.
La primera reúne a 300 personas.
La segunda a 60.
Si únicamente medimos participantes, gana la primera por goleada.
Pero resulta que de los 300 regresan 20.
Y de los 60 regresan 45.
Si nuestro objetivo era construir participación recurrente, acabamos de premiar el programa equivocado.
Eso es lo incómodo de medir resultados.
A veces estropean una buena historia.
Pero para eso están.
Una métrica que únicamente sirve para demostrar que todo salió estupendamente se parece más a decoración que a gestión.
Un buen indicador debería ser capaz de hacer algo bastante menos agradable:
cambiarnos de opinión.
Quizá por eso el salto importante no sea pasar de cinco métricas a quince.
Es pasar de:
“Realizamos 12 actividades.”
a:
“¿Qué aprendimos de esas 12 actividades?”
Parece una diferencia pequeña.
No lo es.
Participar. Medir. Conectar.
Esta es la segunda entrega de nuestra serie construida a partir de las señales preliminares del Estado del Voluntariado Corporativo en México 2026.
En la primera hablamos de participación.
Tener el gimnasio abierto no garantiza que la gente vaya.
Ahora estamos en lo siguiente:
participar tampoco significa necesariamente saber qué conseguimos.
Estos hallazgos son preliminares y estamos ampliando la muestra para entender si estas señales se repiten en organizaciones de distintos tamaños e industrias.
Nos falta una parte de la historia.
La tuya.
Si gestionas voluntariado, sustentabilidad, ESG, responsabilidad social, talento, cultura o impacto social, queremos incorporar también tu experiencia.
Participa en el Estado del Voluntariado Corporativo en México 2026
La encuesta toma aproximadamente 12 minutos y quienes participen podrán recibir anticipadamente los resultados del estudio.
Y queda una tercera pregunta.
Porque incluso si conseguimos participación y aprendemos a medir mejor, todavía puede ocurrir que el programa no esté conectado con lo que la organización quiere lograr.
De eso irá la tercera entrega.
De cuándo un programa deja de ser una colección de buenas actividades y empieza a convertirse en una herramienta de gestión.
Participar.
Medir.
Conectar.
Al final del festival, los padres se llevan fotos.
Los niños se llevan otra cosa.
Lo difícil es medir esa otra cosa.

